Desde la antigüedad, el humano ha hecho uso de drogas para alterar su estado de conciencia con fines recreativos o místicos. Básicamente, el humano consume las drogas por que le provocan una sensación subjetiva de recompensa, de placer, de bienestar, al menos cuando inicia en su vida el consumo de sustancias de abuso. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la palabra “droga” se refiere a una sustancia que previene o cura una enfermedad; pero en términos coloquiales, “droga” hace referencia a una sustancia usada sin fines terapéuticos y que tiene efectos psicoactivos.

La producción cerebral de neurotransmisores como dopamina, o sustancias análogas a la morfina o cannabis, median nuestras motivaciones, deseos, emociones y placeres. Estas sustancias son esenciales en el funcionamiento del circuito de recompensa también conocido como sistema límbico, el cual controla no solo los comportamientos básicos para nuestra supervivencia como comer, beber o reproducirnos, sino también nuestra interacción social produciéndonos satisfacción o decepción.

Cuando este sistema se estimula de manera potente y repetida, favorece la dependencia y la adicción al estímulo, sustituyendo el placer que produce, por la necesidad de repetirlo y su búsqueda compulsiva e irracional.

La adicción a sustancias es un problema de salud pública a nivel mundial. Un cerebro adicto se desarrolla a consecuencia de cambios en la fisiología cerebral.

Cada una de las drogas provoca efectos específicos en receptores o transportadores de diversos sistemas cerebrales de neurotransmisión. Actualmente, sabemos que conforme el uso de la droga se hace frecuente, los diversos sistemas cerebrales se vuelven más activos, llevando al paciente a una adaptación neuronal. De esta manera, estas alteraciones conducen a la adicción, una enfermedad cerebral crónica, que tienden a provocar en el paciente constantes recaídas. La adicción se caracteriza por una pérdida en el control en el consumo de la sustancia que puede generar alteraciones en la salud, el entorno social, el económico e incluso puede involucrar situaciones jurídicas (i. e., manejar en estado de ebriedad y causar accidentes).

Los mecanismos cerebrales del placer

Comer, dormir, llevar a cabo conducta sexual, son ejemplos de conductas motivadas que nos proveen de una sensación subjetiva de recompensa cuando las realizamos. El estímulo asociado a cada una de estas conductas (p. ej., el alimento) funciona como reforzador. Un reforzador se define como un estímulo que aumenta la probabilidad de que el sujeto repita una conducta. En el cerebro, tenemos un sistema que se encarga de detectar los estímulos que son reforzantes: el sistema de motivación-recompensa o sistema de placer.

Las drogas gustan porque activan prioritariamente al sistema cerebral del placer; este efecto aumenta la probabilidad de que el sujeto consuma nuevamente la droga. Sin embargo, este consumo también activa, aunque en menor intensidad, a sistemas cerebrales como al de castigo. Conforme se hace asiduo al consumo de la droga, se presentan cambios en la actividad de diversos sistemas neuroquímicos cerebrales.

Uno de estos cambios es la hiperactividad del sistema de castigo que se expresa ante la ausencia de la droga. Dicha hiperactividad se asocia con la presencia del síndrome de abstinencia. De esta manera, la recaída en el consumo de la droga ocurre para eliminar las respuestas fisiológicas adversas asociadas a dicho síndrome de abstinencia. Adicionalmente, hay un sistema que inhibe al del placer. Se genera en la corteza prefrontal y termina activando al globo pálido interno. Este pierde su control sobre el del placer, por lo que facilita la ocurrencia de respuestas impulsivas. Igualmente, ocurre plasticidad cerebral en regiones que controlan el consumo de la droga provocando que se vuelva habitual y que se aprenda la relación entre claves ambientales y el consumo de la droga. Es posible que exista un cerebro pre-adicto o vulnerable a la adicción, dependiente de antecedentes genética o por cambios epigenéticos.

Esto indica que un cerebro adicto es un cerebro que siempre será vulnerable a la recaída. Entender esto significa que no podemos demandarle a un sujeto que deje el consumo de drogas de manera voluntaria. A pesar de que logre su rehabilitación, siempre es posible que ocurra una recaída. Por lo mismo, conocer la vulnerabilidad genética o adquirida de un sujeto, permitirá implementar mejores terapias farmacológicas para ayudar al paciente a controlar la adicción y promover su rehabilitación.

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